Desde la Europa de la posguerra, la inmigración ha sido una constante silenciosa en la reconstrucción económica del continente, primero para suministrar mano de obra en la industria y luego para sostener el crecimiento y el Estado de bienestar en sociedades cada vez más envejecidas. Con el paso de las décadas, este fenómeno pasó de ser una necesidad asumida a convertirse en un debate político central, especialmente después de las ampliaciones de la UE y las crisis económicas. Hoy, Europa se enfrenta una vez más a una cuestión que creía resuelta: hasta dónde está dispuesta a llegar para seguir siendo un espacio abierto.
La figura nerviosa. Contamos la idea hace unos meses. Suiza se dirige a un voto que condensa muchas de las tensiones acumuladas en Europa durante la última década: crecimiento demográfico, inmigración, vivienda y modelo económico. La propuesta de fijar un límite absoluto de 10 millones de habitantes, impulsada por el Partido Popular Suizollega a las urnas tras reunir las firmas necesarias en un país donde la democracia directa convierte el malestar social en decisiones de Estado.
La situación: con una población actual de 9,1 millones y un crecimiento muy superior al de sus vecinos, el debate ya no gira en torno a si Suiza puede seguir creciendo, sino a si si quieres hacerlo.
De país atractivo a país “saturado”. Durante décadas, la prosperidad suiza se basó en salarios altos, estabilidad política y una economía abierta capaz de atraer tanto mano de obra poco calificada como talento internacional. Este éxito ha tenido un revés cada vez más visible: una 27% residentes extranjerosun mercado inmobiliario tensionado y una presión creciente sobre las infraestructuras y los servicios públicos.
Para los defensores del límite poblacional, este crecimiento se ha vuelto incontrolable y amenaza la calidad de vida, pero para sus detractores, es precisamente el motor que ha sostenido la riqueza del país.
El límite y sus consecuencias. La iniciativa, a priori, no propone un sistema gradual ni de cuotas flexibles, sino un límite rígido y duro, que obligaría a actuar una vez se superen los 9,5 millones y que, al llegar a los 10 millones, implicaría literalmente cerrar casi por completo la entrada de nuevos residentes, incluidos solicitantes de asilo y reagrupaciones familiares.
Este carácter absoluto es posiblemente lo que más preocupa a economistas y empresas, que advertir de un freno brusco a la llegada de trabajadores justo cuando se empieza a notar el envejecimiento de la población y la demanda de mano de obra sigue siendo elevada.
Europa como línea roja. El punto más delicado del plan es precisamente su impacto directo en la relación con la Unión Europea. La razón es muy sencilla: si no se respeta el límite, el Gobierno estaría obligado abandonar el acuerdo de la libre circulación de personas, piedra angular de los tratados que garantizan el acceso de Suiza al mercado único.
En un país donde casi la mitad de las exportaciones van a la UE, romper ese vínculo no es sólo una cuestión de migración, sino un cambio estructural del modelo económico construido durante décadas.
La economía versus el voto emocional. Aquí aparecen otros factores, ya que las multinacionales y los empresarios han reaccionó duramenteadvirtiendo sobre deslocalizaciones, pérdida de innovación y tensiones adicionales en el sistema de pensiones, alimentadas en gran medida por trabajadores extranjeros.
Por su parte, el lobby empresarial Economiesuisse calificó la propuesta de caóticomientras los académicos destacan que el reciente estancamiento de los salarios reales y el aumento del coste de la vida han creado un caldo de cultivo perfecto para buscar culpables en la inmigración, aunque los problemas han raíces más complejas.
Más allá del censo. Las encuestas muestran un país dividido casi por la mitad, con una apoyo cercano al 48% lo que hace que el resultado sea impredecible. Así que no parece que se trate sólo de decidir cuántas personas pueden vivir en Suiza.
Los puntos fundamentales en otros lugares: definir ¿Qué tipo de país quieres ser? en un entorno europeo cada vez más tenso. O uno que preserve su apertura a costa de gestionar mejor sus desequilibrios internos, u otro que plantee un límite simbólico y asuma el riesgo de redefinir su relación con Europa y con su propia idea de prosperidad.
Y, mientras tanto, Europa aguanta la respiración por lo que pueda derivarse de la decisión.
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