A mediados del siglo XX, los rascacielos todavía eran una rareza fuera de ciudades como Nueva York o Chicago. En Europa predominaron las ciudades horizontales, con edificios de poca altura y centros históricos compactos. Sin embargo, a mediados de los años cincuenta se empezó a experimentar con una idea urbana que para la época parecía casi futurista: concentrar miles de viviendas y hoteles en altas torres para liberar terreno, acercar a la gente al mar y crear ciudades capaces de albergar multitudes sin expandirse descontroladamente por el territorio.
El pueblo frente al mar. En ese tiempo benidorm fue solo un pueblo de pescadores de la costa alicantina. Su economía giraba en torno al mar y, en particular, a la almadraba, mientras que muchas familias sobrevivían compaginando la pesca, la agricultura y el trabajo en la marina mercante. Ese pequeño pueblo apenas tenía más de unos pocos miles de habitantes y tenía el típico aspecto de un pueblo mediterraneo: casas bajas, calles estrechas y una vida marcada por el ritmo de las mareas.
Sin embargo, la crisis pesquera, el aislamiento económico de la España de la posguerra y la necesidad de encontrar nuevas fuentes de ingresos empujaron al pueblo a buscar un futuro diferente. Fue entonces cuando comenzó a producirse una transformación casi impensable: un humilde enclave destinado a convertirse en uno de los experimentos urbanos y turísticos más singulares de la historia.
La visión que cambió el destino de la ciudad. El gran punto de inflexión se produjo en la década de 1950, cuando el alcalde Pedro Zaragoza percibió el potencial turista de ese rincón de la Costa Blanca. En un momento en el que el franquismo intentaba atraer divisas y abrir tímidamente el país al exterior, Benidorm apostó por el turismo de sol y playa como motor económico.
La decisión implicó romper con muchas convenciones de la época, desde permitir el uso del bikini en las playas (un escándalo para la España conservadora) hasta diseñar un modelo urbano diseñado específicamente para acoger a miles de visitantes extranjeros. el municipio desarrollado en 1956 uno de los primeros planes generales de ordenación urbana del país, una herramienta más propia de las grandes ciudades que de un pequeño pueblo costero. Con ese plan comenzó la metamorfosis: el lugar que durante siglos había vivido de la pesca comenzó a imaginarse como una ciudad turística internacional.
Crecer hacia el cielo. La clave del modelo urbano fue una decisión inusual en la costa mediterránea: crecer verticalmente. El proyecto de 1963 prácticamente eliminó los límites de altura y permitió construir torres cada vez más esbeltas en parcelas relativamente pequeñas. La lógica era simple y poderosa. Si los edificios se elevaran hacia el cielo, el suelo podría quedar libre para zonas verdes, piscinas, avenidas y servicios.
Este planteamiento convirtió a Benidorm en un auténtico laboratorio del urbanismo moderno, inspirado indirectamente en las teorías de los arquitectos. como Le Corbusier sobre ciudades verticales rodeadas de espacios abiertos. Él primer gran símbolo de ese cambio llegó con edificios como el Frontalmar o el Coblanca 1 en los años sesenta, torres (o moles) que se rompieron por completo la escala tradicional de la ciudad. Aquellas construcciones inauguraron un modelo que en pocas décadas transformaría el paisaje de la ciudad.
Las hordas están llegando. El apertura del aeropuerto de Alicante en 1967 y la expansión de los turoperadores europeos desencadenó la llegada de visitantes. El turismo británico, especialmente, encontró en Benidorm un destino barato, soleado y accesible durante todo el año. Para dar cabida a esta avalancha de turistas, se construyeron decenas de hoteles y bloques de apartamentos cada vez más altos. En unas pocas décadas, el horizonte de Benidorm pasó de las casas bajas a un bosque de torres frente al mar.
Hoy la ciudad tiene más de cien de rascacielos o, en otras palabras, es el segundo en el mundo con mayor densidad de edificios altos por habitante, sólo por detrás de Nueva York. Estructuras como el Gran Hotel Bali, el Intempo o el futuro Torre TM (que superará los 230 metros) simbolizan esa carrera vertical que convirtió a la ciudad en lo que muchos llaman el “Manhattan del Mediterráneo”.
Criticado y admirado. No hay duda, el modelo Benidorm ha sido objeto de debate durante décadas. Para algunos es el ejemplo perfecto de turismo de masas y urbanización agresiva del litoral. Para otros es, paradójicamente, uno de los desarrollos costeros más eficiente de Europa. La concentración de edificios de gran altura permite alojar a cientos de miles de visitantes ocupando un área relativamente pequeña y reduce el consumo de suelo en comparación con los modelos de urbanización extensiva con chalés y complejos turísticos dispersos.
Además, la ciudad funciona como un destino prácticamente continuo durante todo el año, con niveles de ocupación hotelera muy elevados incluso en invierno. Esta eficiencia espacial ha llevado a algunos arquitectos y urbanistas a considerar Benidorm como un experimento urbano tan singular que, lejos de ser un error, soluciones anticipadas que se debaten hoy en el debate sobre sostenibilidad y densidad urbana.
De pueblo a icono turístico mundial. El resultado de todo este proceso es una transformación difícil de imaginar si nos fijamos en el punto de partida. En apenas unas décadas Benidorm pasó de ser un pequeño centro pesquero a una ciudad capaz de recibir millones de visitantes al año. Su población estable ronda decenas de miles de habitantes, pero durante el verano puede multiplicar hasta acercarse al medio millón de personas.
Él horizonte de rascacielosvisible desde kilómetros mar adentro, se ha convertido en una imagen icónica del turismo español. Lo que comenzó como una apuesta arriesgada en los años cincuenta acabó creando una fenómeno urbano y económico Único: un lugar donde un antiguo pueblo mediterráneo decidió reinventarse mirando al cielo y acabó construyendo su propio Manhattan frente al mar.
Quizás por eso su historia sigue provocando la misma pregunta incómoda: si se trató de una brillante intuición urbanística… o del experimento que cambió para siempre la forma de habitar el Mediterráneo.
Imagen | Javier Martín Espartosa, caña doble
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