Semana Santa en los pueblos del Caribe; Mitos que moldearon el comportamiento colectivo.
– Tinta clara
abril 2, 2026
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Han pasado muchos años desde aquellos Jueves Santo y Viernes Santo en el que, antes de que el reloj marcase las doce del mediodía, había que bañarse, cambiarse
Han pasado muchos años desde aquellos Jueves Santo y Viernes Santo en el que, antes de que el reloj marcase las doce del mediodía, había que bañarse, cambiarse y sentarse en completo silencio.
No fue una exageración. Era ley. Porque si uno decidía bañarse después de esa hora, el castigo era claro y aterrador: convertido en pez.
No sé quién inventó eso, pero La verdad es que funcionó.
Eso fue todo un ritual. En ese apostolado estábamos mis tres hermanos menores, cuatro primos y yo. Nos sentamos en la sala de la casa de mi abuela María Fernández, en Ciénaga (Magdalena), esperando que comiencen las películas de Pascua en televisión: historias de la Biblia, Jesús de Nazaret, el Mártir del Calvario, o aquellos más épicos como Espartaco y Moisés, con Charlton Heston.
La calle ‘La Amargura’ es como se conoce en Santo Tomás al camino por el que transitan los penitentes. Foto:Cronos
Todos quietos. Bien arreglado. Sin alimentación de gallos, sin apodos. Eso, que cualquier otro día era normal, allí estaba prohibido.
La sala de estar ayudó: piso brillante, techo alto de baldosas y un silencio que no era sólo ausencia de ruido, sino presencia de respeto. En el centro, la abuela, en su mecedora, con el rosario de plata colgado del pecho, el pelo pulcramente recogido y la mirada fija en aquel televisor de 14 pulgadas en blanco y negro. Ella no levantó la voz. No fue necesario, con una mirada dio 10 órdenes.Era la verdadera autoridad en esa casa.
El miedo como disciplina
Lo que hubo fue obediencia sin discusión. Porque los mayores ya habían dicho lo que pasaba si uno se pasaba de la raya:
Que no podrías trepar a los árboles porque te volverías lindo.
Que las ramas no se podían cortar porque sangraban.
Y uno, Pelao, no estaba para comprobar si era mentira.
Eran mitos, sí. Pero en ese momento no se sentían como historias, sino como reglas. Como algo que había que lograr sin ser creativo. Además, no se trataba sólo de quedarse quieto: había que ir a misa, a las procesiones, a visitar los monumentos. Todo completo.
La Biblia cuenta la historia del mundo de manera general. Foto:Imágenes falsas
Con el paso de los años uno comprende que el mito no es sólo un cuento. Es una manera de ordenar la vida. Explicar lo que no se entiende y, en el proceso, mantener a todos en línea.
En casa de mi abuela eso estaba claro. Allí se mezclaron las viejas creencias, las que vinieron de antes, con las enseñanzas religiosas. Todos juntos, como suele ocurrir en el Caribe, donde lo sagrado y lo mágico no pelean: conviven.
Lo que dicen los que estudian esto
El sociólogo Guillermo Mejía lo explica mejor: estas tradiciones hay que mirarlas desde nuestro contexto, que es profundamente mágico y religioso al mismo tiempo.
«En el Caribe colombiano la Semana Santa no es sólo una fecha. Es un ambiente. Algo que se siente en casa, en la calle, en la forma de hablar y de comportarse».
Las iglesias del departamento del Atlántico se preparan para recibir a miles de feligreses. Foto:Gobernación
Según él, estos mitos funcionan a menudo como castigos simbólicos. Por ejemplo, convertirse en pez o sirena si uno se mete al agua el Jueves o Viernes Santo. Y sí, eso fue en serio.
Pero también había mitos “buenos”. como el de cortándose el pelo el Viernes Santo para que creciera más fuerte.
Aunque, si te fijas, los que más se quedaron fueron los demás: los que daban miedo. Como mirarte al espejo a medianoche del Viernes Santo y, en lugar de tu cara, aparece el diablo.
Allí no había ninguna curiosidad que valiera la pena.
Cuando el campo también se detiene
En las zonas rurales la situación fue aún más fuerte. Ordeñar una vaca ese día podría provocar que salga sangre en lugar de leche. Clavar un clavo fue como clavar nuevamente a Cristo.
Por no hablar de tener relaciones sexuales esos días. Dijeron que la pareja podría quedarse estancada.
Todo apuntaba a lo mismo: parar. Ralentizar el ritmo de vida. Salva el respeto.
Procesiones y eventos religiosos recorrerán municipios caribeños durante la Semana Santa. Foto:Gobernación
El sacerdote Jesús Orozco Lo plantea desde otro ángulo. Dice que todas estas creencias, más allá de lo literal, ayudan a construir una relación con Dios. Que mito y religión, en el fondo, están conectados.
Y tiene sentido. Porque detrás del silencio, del ayuno, de no comer carne, lo que hay yEs una invitación al recuerdo. Para mirar hacia adentro.
Los sonidos de la montaña
En la sabana de Bolívar y Sucre los mitos cambiaron de forma, pero no de intención.
El cronista Alfonso Hamburguesa Recuerda las famosas “matracas”, sonidos que venían de la montaña y que asustaban a la gente. Nadie trabajó. Nadie ordeñó. Los caminos quedaron en paz.
Y claro, mientras algunos se quedaron en casa por miedo, otros aprovecharon. Los contrabandistas transportaban café y tabaco por esas carreteras vacías.
Montes de María. Foto:archivo privado
En su casa también existía otro ritual: una ponchera con agua y un espejo donde, supuestamente, se podía ver el Viacrucis. Dice que nunca vio nada. Pero él todavía se quedó mirando.
‘El gritón del otro mundo’
De todas las historias, hay una que parece sacada de una novela: “La Gritona del Otro Mundo”.
Hamburguer habla de un hombre que nadie vio, pero que se hizo sentir con un grito profundo, largo y resonante. No apareció. Fue simplemente aterrador.
Hasta que un día, su abuelo, contrabandista de café, decidió no huir. Iba montado en un burro, Jueves Santo, y cuando escuchó el grito, respondió. Él lo siguió. Horas. Noche. Hasta que lo encontró frente a él.
Sacó el rodillo y dijo: «¡Maldita sea, amigo! No lo mataré por la Santa Cena». Eran compadres. Así, sin más.
Ni siquiera podías reír
El escritor Juan Jurnieles. Lo resume en algo sencillo: el Viernes Santo no se podía ni reír.
Era su turno. Una vez se rió en el patio con unos primos y el castigo fue inmediato. Las chanclas de la tía no se hicieron esperar. Porque ese día iba a ser serio, tranquilo, sereno. También le dijeron que no talara árboles. Que algunos sangraban.
Y creciste con eso en tu cabeza.
Hoy muchas de esas cosas ya no se hacen igual. La televisión cambió, las casas cambiaron, la vida cambió.
Pero algo quedó.
Esa forma de entender la Semana Santa quedó no sólo como una fecha religiosa, sino como un tiempo diferente. Más lento. Más tranquilo. Más cargado de significado.
Y los mitos permanecieron. No necesariamente como verdades, sino como parte de lo que somos.
Porque si algo tiene el Caribe es eso: una memoria que no se borra fácilmente. Aunque pasen los años. Aunque ya nadie cree que se vaya a convertir en pez.